Los científicos consideran que la mayoría de los síntomas del autismo tienen su origen en cambios funcionales en el cerebro. A lo largo de los últimos 20 años, decenas de estudios han investigado las diferencias en la estructura y el funcionamiento del cerebro en niños y adultos con autismo. En general, las mayores diferencias se observan en los niños pequeños diagnosticados con autismo; cuando las personas con autismo alcanzan la edad adulta, muchos de los cambios estructurales más evidentes desaparecen.1,2 No obstante, algunos síntomas suelen persistir, lo que sugiere que persisten diferencias neuronales más complejas en el cerebro.
Aunque existen variaciones entre los distintos estudios y cada persona es única, hay algunos aspectos recurrentes:
- Crecimiento excesivo temprano y mayor conectividad de corto alcance: Muchos niños con autismo diagnosticado precozmente parecen tener cerebros ligeramente más grandes de lo esperado para su edad. Los científicos han sugerido que esto puede deberse a la falta de «poda» neuronal, proceso mediante el cual el cerebro pierde de forma natural ciertas neuronas durante la primera infancia. Los niños con autismo pueden tener muy pocas conexiones de largo alcance y demasiadas conexiones de corto alcance entre las neuronas.2-4
- Menor conectividad de largo alcance: Las regiones distantes de nuestro cerebro colaboran para ayudarnos a gestionar tareas complejas, utilizando información sensorial (vista, oído, gusto, tacto, sensaciones internas, etc.) para tomar decisiones y comprender las actividades del mundo que nos rodea. Los niños con autismo suelen presentar niveles más bajos de conectividad de largo alcance en el cerebro, lo que dificulta estas actividades cerebrales complejas. 3,5-7
- Dificultad para cambiar de red: Llevar a cabo una tarea como atravesar una habitación requiere que nuestro cerebro coordine muchas regiones a la vez, entre ellas las relacionadas con la visión, la motricidad, la toma de decisiones y otras. Una teoría sobre el funcionamiento del cerebro sostiene que disponemos de «redes» diferenciadas para distintos tipos de actividades cognitivas, en las que varias regiones del cerebro colaboran siguiendo patrones canónicos. Imaginemos que un alumno está distraído en clase y, de repente, el profesor le pide que resuelva un problema matemático; en este caso, la red dedicada a la distracción se desactivaría y se activaría la red de resolución de problemas. Las personas con autismo parecen presentar alteraciones en estas redes y una mayor dificultad para cambiar de una red a otra. 8-11